En el Ecuador, convertirse en profesional toma tiempo.
Para llegar al tercer nivel educativo pueden pasar entre cuatro y cinco años, dependiendo de la carrera. En algunos casos, hay que sumar años adicionales de especialización. Si se busca una maestría para profundizar en el conocimiento, el proceso se extiende un poco más.
Si a eso se le suman los años de experiencia laboral, no es difícil que el tiempo de formación llegue a los diez años.
De este proceso no se escapa ninguna rama.
Existen profesiones que trabajan con información específica y rígida. En muchos casos, el resultado puede preverse porque se basa en parámetros definidos. Y existen otras profesiones más cercanas a la creatividad, donde los conocimientos y la experiencia adquirida influyen directamente en cómo termina un proyecto.
Es en este último grupo donde ocurre algo interesante.
Muchos proyectos llegan como una idea simple.
“Necesito mostrar este nuevo servicio en una publicación.”
A partir de ahí empieza el trabajo. Analizar el medio, entender al público, revisar la información disponible y ajustarla a un formato específico. Decidir qué se muestra, qué se omite y cómo se presenta.
Nada fuera de lo común.
Se trabaja con base en criterios, en experiencia y en decisiones que no siempre son evidentes, pero que responden a un contexto.
Se entrega la pieza final.
Y como es natural, se somete a revisión.
Si todo fuera lineal, el proceso terminaría ahí. Pero no siempre ocurre así.
Hace poco, después de presentar una pieza, recibí una contrapropuesta.
No venía del proceso.
Venía de una herramienta.
Una propuesta generada con inteligencia artificial. Con más texto, más elementos, un formato distinto y una acumulación de información que cambiaba completamente la lógica de la pieza.
Después de varios intercambios, llegamos a un resultado final que funcionaba. No era la idea inicial —que buscaba comunicar más con menos—, pero cumplía su propósito.
No fue un mal final.
Pero dejó una pregunta.
En algunos proyectos empieza a parecer que la inteligencia artificial está auditando el trabajo profesional.
Y no se trata de estar en contra de la herramienta.
Tampoco de negar su utilidad.
Hoy es parte del proceso. Sirve para explorar, para generar, para contrastar información.
Yo mismo la uso todos los días.
Pero hay algo que se pierde cuando se utiliza sin contexto.
Porque una herramienta puede ofrecer respuestas, pero no conoce el proyecto, no entiende el medio y no tiene responsabilidad sobre el resultado.
Ahí es donde el problema aparece.
No en la herramienta.
Sino en el momento en que el criterio —construido durante años de formación y experiencia— se pone al mismo nivel que una respuesta generada sin contexto.
No porque la herramienta esté equivocada.
Sino porque se le está dando un rol que no le corresponde.
Hace poco le decía a alguien algo bastante simple:
«la herramienta no hace al maestro».
Y quizás ese es el punto que vale la pena recordar.
La inteligencia artificial no audita profesionales.
Pero puede empezar a parecerlo cuando dejamos de usarla como herramienta…
y empezamos a usarla como criterio.
La inteligencia artificial puede ofrecer respuestas.
Pero el criterio sigue siendo una construcción humana.
— Damián Luz
Nota de Bitácora · Luzuma
Algunas cosas del trabajo creativo que casi nunca se dicen.